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GESTIÓN DE PATRIMONIOS: ¿SÓLO PARA MULTIMILLONARIOS?

Remitido en Asesoramiento financiero, Economía, Empresa familiar, Financiación, Gestión, Gestión de patrimonios, Productividad | 0 comentarios

GESTIÓN DE PATRIMONIOS: ¿SÓLO PARA MULTIMILLONARIOS?

Al contrario de lo que se pueda pensar, la situación patrimonial de una persona no está formada sólo por los bienes y derechos que se poseen. Hablar de patrimonio implica referirse a un activo y a un pasivo, a unos bienes que efectivamente se tienen y a unos derechos (por ejemplo, una futura herencia), pero también a las deudas o a la capacidad de endeudamiento y a las expectativas de futuro de una persona. Todos disponemos de un patrimonio, aunque éste sea negativo.

El patrimonio es un concepto dinámico, que ha ido evolucionando a lo largo del tiempo. Hoy, su traducción como fortuna está totalmente desfasada. Lo mismo que la idea de que el patrimonio se autoalimenta, que basta con confiarlo a productos de ahorro y rodearlo de la máxima seguridad, para mantener su nivel. Además, es un concepto íntimo e intangible, que habla de lo que es adecuado y rentable para uno mismo, en un momento determinado. Un préstamo firmado en el momento exacto y por la cantidad precisa, es una deuda, pero también una fuente de enriquecimiento futuro. Hablamos, por tanto, del patrimonio como una realidad cambiante, que se va adaptando a las necesidades y objetivos que surgen en cada momento de la vida.

Gestionar un patrimonio permite preparar la situación financiera personal y familiar con vistas al futuro, optimizar los recursos a medio y largo plazo. Abandonar un patrimonio al azar, no gestionarlo de forma adecuada, puede traer consigo su erosión – e incluso su desaparición-, su exposición a una serie de factores que, finalmente, lo mermarán. Entre estos factores, podemos destacar las siguientes:

  • Los impuestos. Hacienda siempre pasa factura, eso es algo indiscutible. Pero también compensa al que sabe planificar correctamente su patrimonio. El inversor español dispone de varios productos financieros a través de los cuales conseguir deducciones fiscales, como los créditos hipotecarios, la cuentas vivienda o los planes de pensiones.
  • Los cambios legislativos y fiscales. En España, tenemos una legislación financiera y fiscal bastante cambiante, lo que exige un estudio constante de la situación patrimonial para evitar que esta situación acabe dañándola. Por poner sólo un ejemplo, todos los años se introducen novedades, relacionadas de una forma u otra con el patrimonio, en la Ley de Acompañamiento de los Presupuestos Generales del Estado. Además de las reformas del sistema fiscal que el gobierno de turno acomete cada cierto tiempo.
  • Modificaciones de la situación personal o familiar. Dentro de una unidad familiar pueden suceder muchos cambios que afecten a la situación patrimonial, como un régimen matrimonial distinto, un divorcio, una sucesión o una herencia. Acomodarse a estas modificaciones, también será importante para preservar el patrimonio.
  • Las comisiones bancarias. Las entidades financieras están para ganar dinero y muchas veces, las comisiones que aplican pueden anular el escaso rendimiento de algunos productos de inversión. Sobre todo en una situación como la actual de tipos de interés en mínimos históricos. Las comisiones, por otro lado, tendrán mucho que ver con el volumen de la inversión. A mayor volumen, menor será el efecto por comisión.
  • El efecto de la inflación. Incluso en épocas poco inflacionistas como la actual, el paso del tiempo hace que nuestro patrimonio pierda valor. Como hemos podido comprobar, la gestión del patrimonio está sometida a multitud de factores: personales, económicos, fiscales…. Y sobre la mayor parte de ellos, el inversor no tiene control. Ese carácter imprevisible obliga a que nuestro patrimonio personal deba estar continuamente gestionado.

A través de la gestión de patrimonios, se logra tanto una rentabilidad financiera como un mejor trato fiscal. El actual desarrollo de los mercados financieros permite que cada inversor elabore o se ponga en manos de especialistas para que le elaboren un traje a medida. Y modificarlo cuando cambien las circunstancias. Además, las herramientas para confeccionar ese traje “a la medida” son cada vez más amplios y sofisticados. Gestionar un patrimonio es, por tanto, siempre una tarea inacabada, en constante cambio. Hay que cuidarlo de la misma forma que un empresario mima a su compañía. La clave está en realizar una adecuada conciliación entre seguridad, riesgo y horizonte temporal. Y recuerde que, cuanto antes empiece a gestionar su patrimonio, antes crecerá, porque habrá ido acumulando ventajas fiscales y ganancias, que habrá podido reinvertir.

¿A quién le interesa gestionar un patrimonio?

La gestión de patrimonios le interesa a todo el mundo, independientemente del volumen de los activos que se posean o del tamaño de las deudas que se hayan contraído. Pero, evidentemente, a medida que el patrimonio aumenta, la gestión se hace más necesaria. También condicionará el tipo de ayuda profesional. Un ahorrador medio, aquel que, por ejemplo, disponga en su activo de 60.000 euros, seguramente sólo necesite asesoramiento para colocar adecuadamente su dinero. Sin embargo, quien posee un patrimonio superior a 300.000 euros necesitará de una gestión de patrimonios integral y exclusiva.

Si el volumen patrimonial no le permite acceder a una gestión profesionalizada y personalizada, usted mismo tendrá que adoptar el papel de coordinador de todos los asesores a los que acuda. Una tarea que, en algunos momentos, le puede resultar algo incómoda, pero que será indispensable para mantener su actual nivel de vida y mejorar su futuro.

Si, por una razón u otra, tiene que delegar la gestión de su patrimonio, esté seguro de que no estará dando prueba de debilidad, sino de inteligencia. Con la globalización de los mercados y la amplísima gama de productos financieros, la gestión profesionalizada de un patrimonio evitará, en muchos casos, ceder a la tentación de tirar la toalla, de no analizar adecuadamente una decisión y colocar el dinero en el producto de moda. O en el que le coloque su banco, que la inmensa mayoría de las veces no es el más adecuado para usted, sino para la cuenta de resultados de la entidad.

El asesor y/o el gestor de patrimonio valorará el patrimonio en su totalidad, y lo hará con una visión más a largo plazo. Analizará sus necesidades y determinará su perfil de riesgo, de acuerdo a unas expectativas de rentabilidad y riesgo y unos condicionantes personales. Con ello, definirá una política de inversión (conservadora, moderada, agresiva, etc.) que le permitirá determinar la clase de activos que constituirán su cartera patrimonial. Por último, asignará recursos de acuerdo con la estrategia elegida, con el objetivo de maximizar la rentabilidad y minimizar el riesgo. Todo esto, si el volumen patrimonial es considerable, resultará difícil llevarlo a cabo de forma personal.

Pero, además del volumen, hay otro factor muy importante a la hora de decidir dejar en manos de expertos la gestión de un patrimonio. Y es encontrarse en una de estas situaciones:

  • Necesidad de reducir la presión fiscal
  • Estar próximo a la jubilación
  • Ser trabajador autónomo
  • Necesidad de preparar una herencia

En definitiva, la gestión del patrimonio es imprescindible para cualquier persona o familia, sea a través de profesionales o no. Aunque contar con una gestión profesionalizada es imprescindible en determinados casos: una herencia, venta de empresas, loterías, altos directivos con grandes salarios que no tienen tiempo de gestionar su patrimonio, etc.

 

¿Qué objetivos definen la gestión patrimonial?

A la hora de planificar la gestión de un patrimonio, hay que definir una serie de objetivos, que, básicamente, tendrán que ver con tres tipos de bienes o derechos:

  • Aquellos que suponen o supondrán en un futuro un disfrute. Aquí se podría incluir la vivienda, la educación, los gastos corrientes, el mantenimiento de determinados activos, etc.
  • Aquellos destinados a la previsión. Se trataría de ahorrar para financiar un proyecto, o preparar la jubilación, o hacer frente a imprevistos como el fallecimiento, una enfermedad grave…
  • Aquellos relacionados con la sucesión. Es decir, preparar la transmisión de bienes en vida u organizarla en caso de muerte de uno de los miembros de la unidad familiar.

 

¿Qué importancia tiene la diversificación dentro de la gestión patrimonial?

La diversificación del patrimonio, es decir, la adecuada distribución de los activos en función de la aversión al riesgo y el horizonte temporal, es fundamental para dar valor a un patrimonio. Responde a un principio básico y es que la concentración de toda la inversión en un tipo de activo o en un solo activo es muy arriesgado. Diversificar significa incluir diferentes tipos de instrumentos financieros en una cartera para conseguir que la evolución desfavorable de uno de ellos se vea compensada por la buena evolución de otros. Lo importante es encontrar el «mix» correcto, en función del perfil del inversor y sus necesidades financieras. La diversificación debe realizarse en dos direcciones: por productos (con el fin de combinar seguridad y rentabilidad) y por tiempo (para que los vencimientos de varias inversiones no coincidan en las mismas fechas).

Cuando hablamos de activos financieros, la diversificación debe efectuarse a través de una correcta distribución entre renta variable y renta fija. En el caso de la renta variable, habrá que buscar una adecuada distribución por:

  • Mercados (nacionales y extranjeros, desarrollados y emergentes).
  • Sectores industriales.
  • Tamaños: pequeñas, medianas y grandes compañías.
  • Estilos: crecimiento y valor. Invertir en valor significa buscar empresas infravaloradas por el mercado, quizás porque no se perciba totalmente su potencial o porque no pertenezcan a un sector de moda. Las empresas de crecimiento suelen ser jóvenes e innovadoras, con potencial para expandir su negocio. Estructurar la cartera de forma que esté suficientemente diversificada en una serie de mercados, estilos y tamaños de empresas minimizará el riesgo y dará a la inversión el potencial de revalorizarse en cualquier etapa del ciclo económico.

En el caso de la renta fija, la distribución debe hacerse:

  • Por emisores. Compensar la cartera entre deuda estatal y corporativa (la emitida por compañías privadas)
  • Por horizonte temporal. Según las condiciones del mercado, los activos de renta fija a corto, medio y largo plazo ofrecerán uno u otro atractivo
  • Por mercados. La gestión de la cartera de renta fija también distingue entre deuda de países desarrollados y deuda de países emergentes.
  • Por solvencia. Entre deuda de alta calificación crediticia y deuda de baja calificación.

Estas estrategias de diversificación pueden realizarse bien mediante la inversión directa en los mercados financieros (bolsa, mercados de renta fija, etc.), o bien a través de fondos de inversión, que su gestor se ocupará de seleccionar para que se ajuste a su perfil y expectativas. En todo caso, la diversificación dependerá del tamaño de la cartera. Si no es lo suficientemente grande, habrá que sopesar el efecto de las comisiones. En este caso, lo más sensato es invertir en productos que ya se encuentren suficientemente diversificados, como son los fondos de inversión. Y recuerde: no hay que diversificar por diversificar; toda decisión debe estar argumentada.

Está demostrado que una cartera bien diversificada ofrece un mejor comportamiento que una que esté concentrada en unos pocos activos, aunque estos sean más conservadores. Dentro de cada tipo de inversión existe una enorme gama de oportunidades. Y esta variedad es la que hay que aprovechar para crear una cartera flexible y equilibrada. Esto ayudará a amortiguar los peores efectos de las fases bajistas del mercado, que las hay, tanto en renta variable como (Oh, sorpresa) en renta fija.

 

¿Cuándo es necesario revisar la gestión patrimonial?

Como hemos visto, el patrimonio es algo vivo y, por tanto, hay que estar siempre pendiente de las diferentes circunstancias que lo puedan alterar. Lo normal es hacer una revisión al menos trimestral, aunque en función de la complejidad y el volumen de las inversiones es conveniente ajustar la cartera con una periodicidad menor. En cualquier caso, uno de los exámenes del patrimonio imprescindible es el del final de año. Es el momento en el que comienza el ejercicio y en el que conviene ajustar el equilibrio patrimonial y repasar si hace falta algún tipo de acción, por ejemplo, para reducir la factura fiscal. Hacia finales de año es muy común realizar aportaciones a planes de pensiones o se amortice capital del préstamo hipotecario.

Pero también existen otras situaciones en las que es conveniente realizar una revisión. Por ejemplo, cuando observemos que la rentabilidad de una inversión se resiente. O cuando se produce una inestabilidad económica o política o haya cambios en el mercado que puedan poner en peligro las expectativas de revalorización de sus activos. O, si, por ejemplo, necesitamos liquidez.

Puede también que disponga de activos cuyos plazos venzan. Si no tiene muy claro dónde recolocar su dinero, recurra, provisionalmente, a productos muy líquidos, como depósitos a una semana o un mes, o fondos monetarios, hasta que se decida. También tendrá que revisar su estrategia de gestión si decide cambiar su perfil como inversor. Y no olvide nunca tener en cuenta las novedades tributarias relacionadas con los productos financieros.

 

¿Cómo se realiza un diagnóstico patrimonial?

La gestión patrimonial comienza con un diagnóstico previo del patrimonio. Es decir, con un análisis de dónde se tiene invertido el dinero y dónde están las deudas. Se trata de determinar con exactitud lo que se denomina inventario. Dicho inventario constará de un activo y de un pasivo, igual que si se tratase de la contabilidad de una empresa.

En el bloque del activo se deberán agrupar los bienes y productos financieros que se poseen, por categorías, a fin de que sea más fácil valorar qué peso tienen en el conjunto del patrimonio. Se incluirán: cuentas y depósitos, fondos de inversión, activos de renta fija, activos de renta variable, inmobiliarios, capacidad de ahorro, etc. Junto a cada activo deberá figurar una indicación sobre su rentabilidad, liquidez, fiscalidad, comisiones y nivel de riesgo. En el bloque del pasivo, se incluirán los préstamos y créditos y las deudas que uno piense contraer.

Este inventario también debe recoger aspectos relacionados con la situación personal y familiar del inversor, como el régimen económico del matrimonio, las personas a su cargo, profesión propia y del cónyuge y expectativas de promoción, la presión fiscal, las expectativas de jubilación, la existencia o posibilidad de que exista una herencia o una donación, los seguros de vida, etc. Ese debe ser el punto de partida desde el que construyamos nuestra estrategia patrimonial. Hacer el inventario nos ayudará a definir cuáles serán nuestros objetivos y con qué tiempo contamos para alcanzar una determinada meta. Durante esta primera fase, el gestor debe tener muy claros: el perfil del cliente (para determinar el riesgo que puede asumir en sus inversiones), el entramado jurídico de las relaciones familiares y el balance financiero del patrimonio.

Una vez realizado el estudio, se analizarán los objetivos y las necesidades del cliente (de consumo, inversión, previsión, ahorro o protección). Una de las tareas más importantes será clasificar el orden de prioridades de los objetivos personales: cuáles son a corto y cuáles a largo plazo, cuáles pueden ser compatibles entre sí, etc. Después, vendrá la elaboración de una estrategia, siempre bajo unas normas básicas:

  • Medir el riesgo que se quiera asumir, tanto a corto como a medio y largo plazo. Es fundamental determinar la pérdida máxima que se está dispuesto a soportar. Recuerde que, normalmente, a mayor riesgo, mayores expectativas de revalorización. Y como regla general, cuanto más joven sea el inversor, mayor margen tendrá para asumir riesgos.
  • Tener claro cuánto tiempo se está dispuesto a tener el dinero inmovilizado en una determinada inversión. Es básico calcular la liquidez, es decir, el dinero contante y sonante que se va a necesitar durante los próximos años.

 

¿Cómo se determina el perfil del inversor?

Antes de realizar una propuesta de inversión es fundamental determinar el perfil y capacidad de inversión de cada uno. Mediante el perfil, vemos el nivel de riesgo que estamos dispuestos a asumir. El perfil inversor puede dibujarse teniendo en cuenta varios factores que podrían resumirse en los siguientes:

  • La renta: cuanto mayores sean los ingresos, mayor capacidad para acudir al mercado.
  • El patrimonio: cuando mayor sea, mayor la necesidad de diversificación y la capacidad para asumir riesgos.
  • La edad: un inversor más joven tiene unas necesidades de liquidez diferentes a las de un inversor de mayor edad
  • La situación personal y familiar. Cuantas mayores sean las necesidades personales y familiares, menor será la capacidad para acudir al mercado.

No hay que engañarse y forzar las respuestas cuando uno decide examinarse para definir su perfil inversor, sabiendo que adoptar una postura más o menos conservadora, supondrá lograr más o menos rentabilidad. Hay que olvidarse de los amigos; lo mejor es escucharse a uno mismo porque, en la mayoría de los casos, la mejor medida para determinar el perfil es ver la capacidad para conciliar el sueño tras haber hecho una inversión.

Dependiendo de todos los factores anteriores: renta, patrimonio, edad, situación personal y familiar, etc., podríamos hablar de tres perfiles:

  • Conservadores. Aquí se incluiría a aquellas personas a las que no les gusta arriesgar, que no son capaces de dormir tranquilamente cuando invierten su dinero en productos con cierto riesgo. Normalmente, lo hacen en productos de renta fija a corto plazo o en productos garantizados o, simplemente, dejan su dinero en depósitos tradicionales. Si entran en bolsa, normalmente lo hacen en compañías tradicionales y con elevada rentabilidad por dividendo.
  • Moderados. Estos inversores empiezan a arriesgar algo más, a cambio de un mayor potencial de rentabilidad. Es, quizás, el perfil más complicado de mantener, ya que se está expuesto, normalmente, a tentaciones por ambos lados. La cartera de bolsa de los moderados se amplía, normalmente con valores sólidos y con capacidad de crecimiento. La renta fija disminuye y, en todo caso, se alargan los plazos. Es decir, Bonos y Obligaciones en lugar de Letras. Además, se podría incluir también renta fija privada.
  • Agresivos. El riesgo que asumen este tipo de inversores es mucho mayor. No les importa si a cambio pueden obtener una mayor recompensa. Concentran la mayor parte de sus ahorros en la renta variable, con operaciones también en mercados internacionales.

 

¿Cómo influye el riesgo a la hora de gestionar un patrimonio?

Determinar de forma precisa el perfil del cliente será fundamental para saber qué riesgos está dispuesto a asumir. Pero, ¿qué es, en definitiva, el riesgo? Al contrario que la rentabilidad, que sí es un concepto inequívoco, el riesgo es mucho más ambiguo y presenta numerosas facetas. No podemos medir el riesgo sólo por la desviación estándar, es decir, por la volatilidad, de los activos. Como señala uno de los gestores más afamados en Europa, Anthony Bolton, la palabra riesgo puede sonar alarmante, pero es algo que manejamos todos los días. Cada activo comporta un riesgo diferente y debemos considerar este riesgo siempre en función de los beneficios potenciales y de los objetivos financieros.

Se puede hablar, básicamente, de dos tipos de riesgo:

  • Riesgos intrínsecos. Los derivados del propio activo en el que se invierte, según sus condiciones, su funcionamiento, sus expectativas, sus resultados, su volatilidad, su solvencia, etc. Este riesgo puede reducirse con una adecuada diversificación de las inversiones. Por eso, también se denomina riesgo diversificable.
  • Riesgos extrínsecos. Aquellos que dependen de la situación económica, del nivel de ahorro, de los tipos de interés, de aspectos políticos y electorales, del comportamiento psicológico del inversor, etc. A este tipo de riesgo también se les denomina no diversificable, porque no es posible eliminarlo o paliarlo con una diversificación de la inversión.

Pero también existe otro riesgo: el riesgo de gestión, es decir, aquel que deriva directamente de la capacidad de la persona que controla la cartera para lograr la mejor relación rentabilidad-riesgo. Un mal gestor es capaz de perder dinero incluso en un entorno favorable. Este riesgo «gestor» se hace más evidente con las nuevas formas de gestión patrimonial, ya que el experto va a actuar muy activamente en las decisiones. El riesgo se hace más evidente cuanto mayor sea la discrecionalidad en la gestión. ¿Cómo puede controlar este riesgo el inversor? Fundamentalmente, no dejando de ser activo por el mero hecho de haber delegado la gestión en manos de profesionales. Hay que comprobar la profesionalidad del gestor a la que se entrega el patrimonio. Y mantenerse informado, en todo momento, para valorar si los pasos de gestión que se nos proponen son los más adecuados. Por último, también hay que tener en cuenta que el riesgo de una cartera dependerá del plazo al que se mantengan los distintos activos y de cómo se combinen, es decir, de la diversificación.

 

¿Cómo influye la edad en la gestión patrimonial?

  • Entre los 25 y los 35 años, las decisiones estarán guiadas fundamentalmente por la adquisición de una vivienda o el ahorro para la misma, la colocación de los primeros ahorros en un fondo de inversión, la inversión en bolsa con prudencia y la formación de una familia.
  • Entre los 35 y los 45 años, es decir, en el inicio de la madurez patrimonial, las decisiones irán encaminadas a invertir en fondos más ambiciosos, acceder al mercado bursátil y operar con un mínimo de atrevimiento, entrar en un fondo de pensiones, adquirir una nueva residencia habitual, buscar inversiones alternativas, como el arte o el coleccionismo, o incluso crear una empresa.
  • Entre los 45 y los 55 años, que es el periodo en el que se suele desarrollar y consolidar un patrimonio, las decisiones se ajustan normalmente a hacer un diagnóstico con vistas a la jubilación, y en diversificar para reforzar la independencia financiera.
  • Entre los 45 y los 65 años, quizás la época más activa de gestión del patrimonio, se exige una redefinición del mismo. A menudo, los hijos necesitan dinero para independizarse, se cobran herencias, etc.
  • A partir de la jubilación lo fundamental es mantener un perfil estrictamente conservador, calibrar el peso fiscal de las plusvalías y decidir qué consumirá y qué transmitirá a sus herederos.

 

¿Qué es la planificación fiscal?

Para que la estructura de un patrimonio sea óptima, también debe ser fiscalmente eficiente. Las entidades especializadas en gestión patrimonial, como es nuestro caso, ofrecen a sus clientes los mejores expertos para ayudarles en esta tarea. Gracias a la planificación fiscal, el cliente cuenta con un asesoramiento externo para preparar los Impuestos sobre la Renta de las Personas Físicas y sobre el Patrimonio, fundamentalmente, y, cuando es necesario, el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones. La planificación fiscal pretende conocer, de antemano, las consecuencias fiscales que puedan tener las decisiones individuales para actuar de forma adecuada. Con la ventaja de poder evaluar los potenciales riesgos fiscales, resolver cualquier duda y cumplir en tiempo y forma con las obligaciones tributarias. Olvidarse de la fiscalidad puede llevar a decisiones económicas totalmente equivocadas y dañinas para nuestro patrimonio. Las inversiones, sean del tipo que sean, mobiliarias o inmobiliarias, las situaciones relacionadas con el matrimonio (divorcio o separación), o las herencias, todo tiene trascendencia fiscal.

El objetivo de una buena gestión fiscal no es eludir el pago de impuestos, sino convertir dicho pago en un coste al que se puede hacer frente sin esfuerzo, sin sacrificio para las inversiones. Es más: una buena planificación fiscal puede aumentar el beneficio de dichas inversiones. Pero tampoco hay que dejar que los impuestos sean los que guíen las decisiones más importantes en la gestión de un patrimonio. En todo caso, hay que tenerlos presentes para evitar desagradables y costosas sorpresas. El cálculo del coste fiscal de un patrimonio es siempre una tarea llena de dificultades. Sobre todo, si su volumen es elevado y repartido en numerosos instrumentos y activos financieros o si la rentabilidad de la inversión se va a manifestar en varios ejercicios. Esta dificultad en el cálculo del coste fiscal se debe, fundamentalmente, a tres factores:

  • La propia incertidumbre sobre la rentabilidad financiera.
  • Las modificaciones que puedan producirse en el tratamiento fiscal de las inversiones.
  • Las alteraciones que puedan producirse en las situaciones patrimoniales y personales del propio contribuyente.

Ni todas las inversiones, ni todas las deudas reciben el mismo tratamiento fiscal. Existen bonificaciones, exenciones o deducciones que fomentan unos productos frente a otros y eso es algo que siempre hay que tener en cuenta.

 

Los impuestos

Algunos de estos impuestos están eliminados en algunas comunidades o en toda España, pero todo vuelve…

  • Impuesto sobre el Patrimonio (IP). Grava la posesión de bienes y derechos. Su objetivo, en principio, no es recaudatorio, sino de control por parte de la Agencia Tributaria, al identificar los bienes del contribuyente.
  • Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF). Grava la obtención de las rentas del trabajo y del capital.
  • Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones (ISD). Grava los incrementos patrimoniales obtenidos a título lucrativo. Se aplica a distintos hechos imponibles, como herencias, legados, donaciones y seguros de vida.
  • Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales y Actos Jurídicos Documentados (ITP y AJD). Recae sobre las operaciones societarias y los documentos notariales, mercantiles y administrativos.
  • Impuesto sobre Bienes Inmubles (IBI), que grava la propiedad de inmuebles.
  • Impuesto sobre el Incremento del Valor de los Terrenos de Naturaleza Urbana, conocido como plusvalía municipal y que grava el presunto aumento del valor que experimenta un terreno cuando se transmite.

¿Qué es la gestión integral?

La gestión integral es un servicio, o mejor dicho, un conjunto de servicios, basados en el asesoramiento legal, financiero y fiscal, en el que también se analizan otros universos de inversión interesantes para el patrimonio, como el asesoramiento inmobiliario, el asesoramiento en arte o el «private equity». Este tipo de gestión responde a una demanda clara de personas cuya gestión del patrimonio va más allá de la inversión en productos financieros. Hay que tener en cuenta que, tradicionalmente, el patrimonio de los clientes de banca privada sólo suele estar invertido en una tercera parte en activos financieros. En la mayoría de los casos, suele haber otro tercio invertido en bienes inmuebles y otro tanto en patrimonio empresarial. La gestión integral agrupa a todas estas necesidades, al ofrecer un asesoramiento cercano, profesional y exclusivo para el cliente. Algunos expertos han definido la gestión integral como «la selección de aquellas estrategias e instrumentos de inversión, ajustados al perfil del riesgo del individuo y optimizados desde el punto de vista financiero y fiscal, adoptados con el objetivo de dar respuesta a las necesidades financieras de los individuos y alcanzar los objetivos de conservación y transmisión patrimonial deseados».

Horizonte360 Gestión de Patrimonios pone a disposición del cliente de gestión integral un equipo multidisciplinar, formado por expertos en materia fiscal, jurídica y societaria que le asesoran en la adecuada estructura patrimonial y fiscal que mejor se adecue a sus objetivos particulares, con un seguimiento constante. En dicho asesoramiento cobra especial importancia la perspectiva intergeneracional del patrimonio del grupo familiar, que trata de mantener y acrecentar el poder adquisitivo de una cartera con vocación a muy largo plazo. La gestión integral responde fundamentalmente a tres necesidades básicas de las familias: la planificación financiera, la planificación sucesoria y la gestión de las inversiones. En este sentido, desarrollamos servicios básicos e imprescindibles de gestión integral, de los que podemos destacar los siguientes:

  • La gestión discrecional de carteras.
  • La planificación fiscal.
  • El «family office».
  • El asesoramiento en arte.
  • La gestión de Sicav’s.
  • El «corporate finance».
  • La gestión inmobiliaria.

 

¿Qué es el «family office»?

El family office es un concepto que se está poniendo de moda en Europa en el ámbito de la gestión de grandes patrimonios familiares. El «family office» ofrece al cliente una visión global, ya que tiene en cuenta todos y cada uno de los aspectos que afectan al patrimonio de una familia, desde los fiscales, a los legales y, por supuesto, los financieros. Todos. Y siempre desde la perspectiva de la independencia y con las miras puestas en el largo plazo.

El concepto de «family office» tiene su origen en Estados Unidos a principios del siglo XIX . Lo acuño la familia Mellon como un recurso para coordinar, para cada familia y de forma individual, las actividades financieras y legales referidas a las grandes fortunas industriales.

Se toman iniciativas y se anticipan los problemas con el objetivo de garantizar la unidad de la familia e incrementar su patrimonio, de una forma integrada y proactiva.

Aunque enumerar todos los servicios que ofrece el «family office» sería muy extenso, podríamos decir que los básicos serían el asesoramiento financiero, la planificación financiera y fiscal, la administración de «holdings», la asignación de activos, la gestión inmobiliaria o la planificación sucesoria.

De hecho, uno de los grandes problemas con el que se suelen encontrar las familias con grandes patrimonios es la sucesión y el traspaso de una generación a otra. A través del «family office», los profesionales les ayudan a generar una buenas relaciones dentro de la empresa familiar; incluso enseñan a algunos de sus miembros a asumir, en cierto modo, el papel de gestores. A través del «family office» también se trabaja para dejar un legado, una sucesión para las siguientes generaciones.

Desde el punto de vista inversor, se definen estrategias, dentro de las numerosas alternativas que existen en el mercado, desde la inversión directa en empresas, ya sean cotizadas o no, al mercado inmobiliario, pasando por los fondos de inversión, la renta fija o la inversión en arte. Siempre buscando el tratamiento fiscal más favorable.

Y un elemento cada vez más en alza, dentro del concepto de «family office» es el de la filantropía. A imagen y semejanza de los que hacen los hombres más ricos del mundo, (como el gurú George Soros, al que llaman la «apoteosis de la imaginación filantrópica»), ya hay muchos patrimonios que han descubierto las ventajas de la esta actividad. Una actividad que va más allá del puro altruismo, por los beneficios Fiscales que genera.

Por último, señalar que la utilización de los servicios de Gestión Patrimonial no tiene por qué ser cara, aunque todo irá en función del volumen del patrimonio a gestionar. Y siempre hay que tener en cuenta que es infinitamente mejor para su salud financiera y patrimonial contar con un equipo altamente especializado y profesional. Que, por supuesto, encontrará en Horizonte360 Gestión de Patrimonios.

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